La de antes. La de ahora.

Recuerdo Tepic como un verano perenne y pausado, verde brillante, rosa méxico y amarillo sol, con música, siempre alta, de fondo y un cierto sentido de no pertenencia, de encontrarme muy fuera y muy de paso; al mismo tiempo que deseaba, cada día, seguir siempre ahí, en un presente continuo sin rémoras ni planes, con muy mala conexión a internet y fuertes vínculos. Sólo tenía que salir, dejarme arrastrar y algo inesperado podía suceder a cada instante (salamanquesas en el baño, hormigas en las gafas, balaceras a lo lejos, oleajes en la playa, cangrejos en los pies, excesos de maíz, sueños de mezcal, temascales, huelgas de transportes, cocos con chile, llantas pochadas, incendios provocados, pays de guayaba o volcanes en erupción…).

Pero no todo fue acción: cuando decidía parar, tenía ante mí todas las horas del día para leer, escribir, mirar a los pájaros, meditar y conversar sobre cualquier tema posible con gente sincera y con las ideas claras. Me sentía libre y creadora. En ciertos momentos, no hubo límites. De haber seguido allí, habría terminado el libro y continuado con la poesía, me habría teñido el pelo de algún color inesperado (posiblemente azul…), habría dejado de vestirme de gris y negro, me habría hecho un tatuaje, un retrato inglés, habría aumentado mi experiencia en hierbas y hongos, habría vuelto a bailar bajo la Luna, me habría reconciliado más con mi cuerpo, habría estado con más personas y trascendido nuevos límites y fronteras, en la confusión e indeterminación que me rodeaba y, al mismo tiempo, me daba seguridad de no equivocarme, porque nadie me iba a juzgar y porque cada quien interpretaba la norma (gramatical, social o vital) de cualquier manera.

Ahora, ya lejos, intento ordenar y categorizar esa experiencia y no sé hacerlo: tengo más fotos que en toda mi vida anterior; demasiados recuerdos; ropa, aretes y collares de cuentas que no sé cómo combinar; muchas buenas amigas que están demasiado lejos; un acento raro y palabras que no son del todo mías; nueva música y rolas que no hubiera escuchado nunca antes y que mis nuevos vecinos probablemente no soportan; una cierta relajación a ratos o relatividad ante lo que parece grave, pero no es para tanto; otra forma de humor; varios escritos dispersos y desordenados, en libretas y en internet; varios ojos de dios y grandes chapas con mensajes feministas y pro abortistas; mucha nostalgia, menos puntualidad; muchos documentales (menos el del la Sierra Madre, que nunca lo conseguí); más libros en lugares distintos (y eso que dejé muchos atrás y otros los encargué y nunca llegaron); varias promesas por cumplir, viajes por hacer y planes que concretar…

Me está costando aceptar que nunca fui realmente de allí, aunque me sintiera como en casa, y que ahora, en un nuevo destino que no es mío ni siento como mío, debo empezar otra etapa que elegí antes de Tepic y que se atisba gris y tediosa (¡Vuelta al juego de lenguaje privado y a la soledad del tesista!). Y me rebelo, pero no tengo grandes alternativas, más que continuar con la tarea cotidiana, avanzar en lo anodino, intentar entusiasmarme por algo, volver a crear redes, intentando no comparar con las anteriores, con las que he perdido; comprometerme o aliarme con los numerosos movimientos políticos locales (eso lo acepto, ahora tengo muchas más posibilidades de activismo y alianzas, aunque les sobre pose y altanería…), pero me faltan ganas y me sobra invierno.

Y aquí sigo, soñando despierta y planeando escapadas a otros lugares más soleados y amigables. Y eso que yo, antes, rechazaba los abrazos y no hablaba con personas desconocidas y ahora me sorprendo a mí misma, entrando en conversaciones ajenas en el colectivo y recibiendo algunas pocas respuestas y bastantes más miradas de desaire y desaprobación. Me he vuelto una persona extraña y loca que mira directamente a ojos desconocidos, habla en el transporte público y varía el género de los sustantivos y el uso del subjuntivo. Y aunque ahora haya vuelto a conceptualizarlo todo, pensar más, quejarme más y sentir menos, no soy la misma que antes. Algo de mí se quedó en Tepic (y no sólo la piel de las rodillas que me dejé en esas calles llenas de baches, boquetes y sin apenas asfaltar). Y ya no sé cómo volver o, en el caso de que volviera, cómo hacer para que todo fuera como antes. No creo que sea posible. Fue un momento único, inesperado, que no me pertenecía del todo y ahora intento expresarlo y no lo consigo, recaigo en el tópico, una y otra vez.

Insistiendo en el tópico: puede ser ésta la sensación de haber sido feliz en un lugar y un momento que no eran míos y que no se van volver a repetir. Debería ir aceptándolo y asumiendo que ya no estoy allí. El primer paso para hacerlo fue escribir este texto, despedirme y dar por cerrado el cuaderno. Disfruté muchísimo viviéndolo y escribiéndolo, pero ya no puedo seguir.

El ilegal

Esta noche he hablado con el Chore, el taquero de la calle de atrás de mi casa. Ya nos conocíamos de vista, de hecho, nos saludamos con educación cada día o cada tarde, cuando voy o vengo de la universidad. Siempre hay mucha gente comiendo en su puesto de tacos, formado por dos grandes planchas, negras y ardientes, donde hace las tortillas y la carne. Al lado, hay una barra con recipientes llenos de verduras y salsas, para mezclar con los tacos, un tanque con agua fresca y la caja con la contabilidad, que lleva su mujer mientras él pica la carne asada y da vueltas a las tortillas y a las pellizcadas. Esa esquina siempre huele a humo y a carne y cuando hace viento, las planchas sueltan chispas y hollín.

Cada vez que paso por allí nos decimos los buenos días, como es habitual en este país donde todo el mundo habla con todo el mundo (mi amiga Fer, mexicana, cuenta que lo primero que le extrañó y le dio nostalgia cuando llegó a Madrid fue que nadie le hablara en la calle, ni ningún desconocido le dijera “jesús” cuando estornudaba…) Sin embargo, ésta es la primera vez que hablamos. Voy con las amiguías y otras chicas, es viernes de cuaresma y no sabemos si estará abierto, ya que mucha gente respeta la vigilia, pero allí están el Chore y su mujer, bajo el toldo rojo y las bombillas blancas, cortando verduras bien finitas y trocitos de chorizo, rojo y verde, con un cuchillo del tamaño de mi antebrazo.

Nos sentamos, ordenamos, comenzamos a comer y él participa, con toda naturalidad, en la conversación. Le preguntamos por la vigilia y nos dice que el único pecado sería comer carne humana, pero que en su puesto sólo sirven puerco, que es bien alimenticio y sano. Además, ya nadie respeta esas viejas tradiciones y el negocio va mejor que nunca. Esa noche ha vendido tanto que ha tenido que ir a comprar más carne. Se le ve contento, ahora también le acompañan su hijas y sus nietos, que viven en Mexicali, pero pasarán una temporada con ellos en Tepic.

Sus nietos tampoco respetan las tradiciones, son gente de ciudad, comen de todo y solos, no quieren que nadie les ayude, aunque sean chiquitos y aún les quede bastante por crecer. Nos los señala y veo a dos personitas, sentadas muy serias, en un banco, delante de sus platos con tacos cargados de carne y ensalada y unos vasos con jugo. La niña debe tener unos 5 o 6 años y tiene el pelo muy largo y con extensiones rubias (“la última moda de Mexicali”, nos dice el Chore), el niño no llega a tres y está muy flaco. “Mucho más flaco estaba antes”, continúa, “de hecho, le llamamos ‘el ilegal’. ¿Saben por qué?”. Le decimos que no y nos cuenta que su hija se puso de parto cuando ni siquiera llegaba al sexto mes de embarazo, todo parecía ir mal y los médicos de su hospital no sabían qué hacer, así que la hija se fue, con su pareja, en coche, hasta la frontera. En cuanto los guardias del control fronterizo la vieron, llamaron a un helicóptero que la llevó, inmediatamente, al hospital más cercano de Estados Unidos, donde dio a luz al “ilegal”. Poco después, a ella la devolvieron a México porque no tenía papeles y dejaron al niño en el hospital, en la incubadora. Le prohibieron ir a visitarlo y cruzar la frontera, pero le dieron un sacaleches, para que (en palabras del Chore) se ordeñara y alimentara al muchacho. Todas las mañanas iba a la frontera con un botecito relleno con su leche y un trabajador del hospital se lo llevaba.

Cuando pasaron tres meses y el bebé ganó peso y estabilidad, los médicos estadounidenses y las autoridades migratorias dejaron que viajara a México y estuviera 15 días en Mexicali, con su familia, bajo la siguiente premisa: si el chico adelgazaba o no engordaba, se quedaría en Estados Unidos y pasaría a ser tutelado del sistema, en ese país. Lo que entonces hizo la abuela (nos cuenta la mujer del Chore que también ha entrado en la conversación) fue darle el doble de la comida recomendada por los doctores, de este modo, cuando pasó la quincena y volvieron a cruzar la frontera para pesarlo, el bebé había engordado casi un kilo entero y estaba completamente sano y creciente. Los médicos decidieron que donde mejor podría estar era con su familia y desde entonces allí está.

Ahora come tacos con tres años y le llaman “el ilegal”, pero es el único miembro de su familia con ciudadanía estadounidense.

 

Kumamoto

Llevo días y semanas de estrés acumulado, muchas clases, viajes y tratando de solucionar tareas pendientes. No me da tiempo a acabar todo lo que tengo que hacer y he comenzado a escribir varias entradas del blog y no he llegado a acabarlas porque no me centro y procrastino… En fin, sigo viva y sin grandes conflictos ni dificultades.

Os dejo mi escrito más reciente en otro medio: una entrevista a un político muy joven, carismático e idealista que está revolucionando el estado de Jalisco. Sin duda, sus propuestas resultan mucho más interesantes que lo que yo pueda escribir ahora mismo…

http://www.publico.es/internacional/kumamoto-politico-joven-jalisco-hay.html

Mi primera balacera (y ojalá la última)

Este país tiene fama de peligroso, con imágenes en los medios de desaparecidos, cuerpos calcinados y mujeres asesinadas; con noticias de asaltos y robos, guerra sucia y series de narcos y con los avisos del consulado de los lugares que debería evitar; pero mi sensación es de que estoy viviendo en un país distinto que no tiene nada que ver con lo que cuentan los medios, ni con lo que le preocupa al consulado y a mi madre. O quizás puede que sea una ingenua y no me entere de lo que pasa a mi alrededor, pero me extraña. Aquí, en Tepic, apenas sucede nada, todo es tranquilidad y calma, interrumpida a veces por vendedores ambulantes con sus altavoces o las juergas de mis vecinos los mariachis. Ando sola por las calles y la única amenaza que he sentido, en alguna ocasión, es un piropo indeseado de algún trasnochado. Voy en transporte público, cuando lo hay, y si estoy lejos, tomo taxis que apenas me cobran de más. Voy al banco, a la universidad, a las tiendas, a los tianguis y los bares y cuando compro algo me dan bien el cambio; uso el móvil en los espacios públicos y llevo el ordenador en el bolso y nada pasa. Todo me resulta completamente tranquilo y normal, hasta aburrido a veces. También he ido sola por Ciudad de México y Guadalajara, sin más problemas que sobrevivir al tráfico y a las masas humanas. Me he perdido, he tenido que preguntar direcciones y he llegado bien, tras dar un par de vueltas.

Mi sensación no es, entonces, la de vivir en un lugar problemático o peligroso pero, como dicen los mexicanos: “acá nunca pasa nada, hasta que pasa”.

Iba entonces en autobús, de noche, de Guadalajara a Tepic, agotada tras muchas horas de clase, dormitando y deseando llegar. De repente, mi móvil empieza a tener una inusual actividad de mensajes y llamadas (generalmente, nadie me llama, mucho menos de noche). Casi todos mis conocidos de Tepic me preguntan qué cómo y dónde estoy y yo les digo que bien, en el camión, ya llegando casi. Me preguntan si he visto las imágenes (no, no las he visto, no sé de qué hablan) y en distintos grupos de whatssap comentan que qué barbaridad. Todo el mundo me recomienda que cuando llegue tome un taxi inmediatamente hasta la puerta misma de mi casa. Yo pensaba ir andando, vivo a diez minutos de la estación y es un paseo agradable, me vendría bien para despejarme. Pregunto, una y otra vez, qué es lo que pasa y nadie me dice nada, sólo que esté tranquila y vaya rápido a casa. Mi casera, jefa y anfitriona me dice que mejor me quede en Guadalajara, que las clases de mañana se han suspendido y no vamos a trabajar; pero ya llevo hora y media en el bus y no puedo volver atrás y comienzo a preocuparme, sobre todo porque nadie me quiere contar nada (“para no preocuparme”, dicen) y no sé ni dónde estoy ni qué sucede.

Al final, tras insistir, un compañero de universidad, me explica que ha habido una redada policial (de hecho, de marines) en un barrio residencial de Tepic, en un cerro lejos del centro. Ha habido un despliegue completo de fuerzas de la (así llamada) ley: furgonetas blindadas, helicópteros, armas de todo tipo, cascos y chalecos antibalas, para detener a un líder de una banda de traficantes y a su gente. El líder y su gente respondieron a los marines con más violencia y se armó la balacera. Al final, ha habido doce muertos (todos traficantes, ninguno policía. Algunas fuentes dicen que dos de los muertos son menores, luego lo desmienten) y muchos vecinos asustados. Se sabía de antemano la redada, los medios estaban avisados y estaban ahí para grabar unos vídeos, dicen que espeluznantes y sangrientos. He decidido no verlos. Mi jefa y anfitriona me vuelve a llamar y me dice que me espera despierta y con todas las luces de la casa encendidas, pero que no me preocupe. (De hecho, la preocupada es ella, yo no siento miedo, tan sólo estoy cansada y quiero llegar y tengo la sensación de que algo así iba a pasar alguna vez…)

La carretera está vacía y silenciosa, apenas hay tráfico y llegamos antes de lo habitual. Justo en la entrada de la ciudad, hay una enorme fila de coches parados y muchos camiones de policía, con mucha iluminación. Se trata de un control policial que inspecciona, uno a uno, todos los coches que van saliendo (la maestra T. me cuenta al día siguiente que estuvo en ese retén y tardó dos horas en llegar a su casa), pero a los pocos vehículos que entran a la ciudad, nuestro bus incluido, nos dejan pasar sin más problemas. Nos cruzamos con algunos coches de policía y se escuchan helicópteros de fondo, pero todo está tranquilo y extrañamente vacío en la ciudad.

Ya en la estación, nos bajamos del autobús sin apenas mirarnos y todo el mundo se va corriendo. Una chica y yo vamos a la zona de los taxis. La calle está vacía y silenciosa, sólo queda un taxi que nos pregunta adónde vamos. La chica va a la zona de Bellavista, donde ha sido la balacera y el taxista le dice que lo siente mucho, pero que ahí no la puede llevar, que las calles están cortadas. Él no se va a arriesgar a ir y ella misma estaría más segura en la estación que en ese barrio. Por mi parte, vivo muy cerca de la estación, en una zona bien. El taxista acepta llevarme mientras me cuenta lo que más o menos ya sé, con más detalles y nombres propios de los fallecidos (aquí parece que todo el mundo se conoce y conocía a la banda). No hay absolutamente nadie en las calles, no nos cruzamos con un solo coche en todo el camino y llegamos rápido. El taxista me cobra mucho más de lo habitual, le protesto un poco y me dice que es una noche distinta y le supone un riesgo conducir por la ciudad… Le pago y entro a la casa. Todas las luches están encendidas y me espera mi anfitriona y jefa, quien por fin se relaja. Tomamos una tisana, mientras me cuenta su versión de la historia y se disculpa, como si la violencia fuera su culpa o su responsabilidad… Escribo a todos los grupos y a mis contactos, para decirles que llegué bien. Hablo con profesores y alumnos (están todos en facebook comentando la noticia) y decidimos continuar las clases del día siguiente, tal y como estaba planeado. Ninguna balacera va a romper con nuestra rutina y nuestro ritmo de clases.

Al día siguiente, la balacera es la comidilla de la ciudad, todo el mundo relata dónde estaba y cómo vivió lo sucedido y me entero, poco a poco, del trasfondo: enfrentamientos entre bandas, falta de liderazgo de una de ellas desde que detuvieron al Chapo, personas que intentaron traficar por su cuenta, los descubrieron y asesinaron, represalias, relaciones sospechosas entre algunos políticos y algunos traficantes y medios de comunicación amarillistas que cuentan todo lo sucedido con pelos, señales y mucha sangre…

Una vez informada de los datos básicos, prefiero desconectar y seguir tranquila mi rutina. Ahora soy algo más consciente de que la violencia está más cerca de lo que yo pensaba, pero también sé que no puedo controlarla y que si tuviera la mala suerte de cruzar por un lugar donde, de repente, hubiera una balacera, nada podría hacer, quizás intentar resguardarme; pero ese hecho no va a hacer que me quede encerrada en casa. He disfrutado y estoy disfrutando de todos y cada uno de los días desde que llegué a este país y estoy conociendo a mucha gente chida, que detesta la violencia y se me disculpa mucho por lo sucedido (sigo sin entender el porqué). He vivido, desde lejos, un episodio de violencia, pero no por ello voy a cambiar mi opinión sobre este país y esta ciudad, que cada día me gusta más y que, generalmente, tiende a ser tranquila y calmada. He escrito esta entrada para contar lo que ha ocurrido y porque no me parece adecuado obviar el tema y hacer como si no hubiera pasado, pero ya no le voy a dar más vueltas.

(PS. Ya han pasado 10 días desde la balacera y todo ha vuelto a la normalidad, no ha habido más casos de violencia y todo está de nuevo tranquilo y calmado)

El poco peso de los pesos

Año nuevo, vida nueva. Recibo (con el retraso habitual, pero al menos a mí me llega…) el cheque de mi estipendio mensual y… ¡Sorpresa, sorpresa! ¡Cobro más! Me han aumentado el sueldo, no es una cantidad significativa (al cambio no llega a 5 euros más) pero, como suelen decir en mi casa: “Menos da una piedra” (o en su versión más castiza: “Menos pringue suelta una berenjena”)

No me resisto a preguntarle a Neftalí (nombre de varón, es el encargado de mi beca) el porqué del aumento y me responde, henchido de orgullo, que pese a la mala prensa y las oscuras noticias que nos vienen del norte, el peso sigue subiendo, la economía va bien, el país está estable y el salario mínimo ha aumentado, para todos y todas, 7 pesos más al mes (20 pesos aproximadamente es un euro, lo que hace que la subida del salario mínimo no llegue ni a 50 céntimos de euro)

Me pica ya la curiosidad y empiezo a googlear: los periódicos oficiales celebran que haya sido la mayor subida desde hace unos 20 años (exactamente hace 17 años, cuando también subió 7 pesos). Es decir, en los años anteriores de este siglo XXI, las subidas del salario mínimo no llegaron ni a 25 céntimos de euro. Y según la ley, la cantidad mínima diaria que debe percibir un trabajador mexicano es de 80,04 pesos (un poquito más de 4 euros).

Mi primera impresión es que he leído demasiado rápido y me he equivocado con los números. Será 80,04 pesos a la hora, ¿no?. Internet y mi jefa (al final le he preguntado a ella, porque seguía sin creérmelo) me corrigen y me cuentan la triste y precaria realidad: un trabajador de la categoría inferior (por ejemplo, mozos de carga) si tiene contrato, gana 80,04 pesos al día; es decir, unos 2.400 pesos al mes; es decir, unos 120 euros al mes. Y no es la peor situación posible ya que hay gente sin contrato, hay vendedores ambulantes y artesanos que sólo ganan lo que vendan y otras personas que no cobran salario, sino “voluntad” o lo que mi jefa llama “el impuesto de la pobreza”. Por ejemplo, quien te ayuda a echar gasolina en tu coche, los aparcacoches, quien te guarda los alimentos comprados en el supermercado en bolsas de plástico o el camarero que limpia mesas, te ayuda a quitarte el abrigo y separa la silla para que te sientes con comodidad en un bar. Todos ellos, todas ellas no cobran nada, sólo viven de las propinas de quienes echan gasolina, se sientan en las mesas de los restaurantes y se dejan ayudar en el supermercado. Y yo, que no sabía que a estas personas se les daba propina, que no tengo coche, que nunca dejo que me ayuden con las sillas o los abrigos (de hecho, con este calor no uso abrigo) y que suelo ir con bolsas de tela al mercado y prefiero ordenar, yo misma, mis alimentos, me empiezo a sentir fatal.

Tepic es una ciudad barata, pero pienso en lo que cuesta un alquiler y aunque para mí no signifique mucho, para muchas de estas personas va a ser imposible… Además, casi todo el mundo de mi edad ya tiene hijos, algunas de mis conocidas se han comprado casa y están hipotecadas hasta las cejas, todas las familias tienen un coche o dos, ya que no es una ciudad cómoda para andar y la gasolina no deja de subir. La cesta de la compra (acá la llaman “canasta de la compra”) también sigue subiendo y se dice que el precio de los transportes públicos (los camiones destartalados que me llevan de una punta a otra de la ciudad) también va a subir en breve, ya que con lo que pagamos los pasajeros (6 pesos por trayecto) no les llega ni para cubrir gastos de gasolina y mantenimiento de los vehículos.

En conclusión, soy una privilegiada en un país que se hunde poco a poco. En la universidad todos los meses dicen que no saben si podrán pagarles el próximo y no logro entender cómo logran sobrevivir y alimentarse mis conciudadanos y ellos siguen comprando libros y salimos a tomar cervezas. No me cuadran las cuentas, imagino que a ellos tampoco, pero creo que preguntarles cómo lo hacen sería maleducado, así que me callo y trato de invitarles a café y cervezas de vez en cuando, pero apenas me lo permiten. Me siguen tratando como buenos anfitriones, con mucha amabilidad (que en ocasiones raya en la condescendencia y me pone un poco nerviosa…) y siempre me quieren invitar. Hablamos de política, de música, de poesía, de muros, de teorías filosóficas o de cotorreos del pueblo; los temas de economía familiar, mejor no tratarlos…

La espiral de las comidas

Acá las tradiciones y ritos se enlazan de forma inesperada (o quizás sorprendente para mí que aún no conozco del todo las reglas del juego y nunca suelo tener mucha hambre). Todo se mueve al ritmo de las cazuelas y los tenedores, y así se fortalecen los hilos y redes entre amigos y familias. Los ritos transcurren con bastante laicidad, ya que, pese al origen religioso de la mayor parte de las fiestas y la fama católica y guadalupana del país, lo que realmente importa en una celebración es la buena comida, el ambiente festivo y la reunión con los tuyos. No se nombra a dios en la mesa del comedor, ni se reza antes de comer. De hecho, no hay rito ni hora para empezar. Cada quien empieza y termina de comer cuando le viene un poco en gana, sin horario establecido, en la apertura de una cadena infinita de personas que empiezan a comer a cualquier hora del día (o en cualquier momento del año) y otras le siguen y así podrían continuar para siempre…

En la mañana, fríen huevos para el desayuno, mientras yo me hago unas tostadas; luego, mis compañeras de casa y sus familiares entran y salen, van y vienen del mercado o hablan con el vendedor ambulante que ofrece tamales, camarones o nopales a buen precio. Unas ya comen, mientras otras platican en la cocina, preparan más platillos o buscan en la nevera qué sobró de los días anteriores. Unas se sientan en la mesa cuando otras están acabando de comer y siempre alguien termina un poco antes y se pone a hacer café, que luego todos acompañamos con postres o más comida. Siempre se reserva algo para quien acaba de llegar y aún no se ha alimentando o para quien comió hace horas y vuelve a tener hambre y se acerca a la cocina para ver qué puede picotear y seguir platicando. No exagero cuando digo que aquí he comido más cantidad y más diversidad de platos que en todos los años anteriores de mi vida y he probado unos pasteles salados (que en realidad son más como empanadas) rellenos de carne, verduras y aceitunas. Y me los comí y ni siquiera me di cuenta de que acababa de superar uno de mis tabúes…

Y luego, las fiestas continúan a lo largo del tiempo, con compromisos de cocina que se extienden durante casi todo el año y que no dejan de ser motivos y excusas para volver a reunir a familia y amigos y seguir comiendo y celebrando. Por ejemplo, quien no ha preparado nada de comer para la cena de navidad, pero ha comido como todos los demás, se compromete a comprar el roscón de reyes para la celebración (con más comida, por supuesto) del día de reyes. Quien encuentra la sorpresa del roscón el día de reyes, que aquí es una figurita de un niño, llamada “mono”, se compromete a preparar (o en su defecto, a comprar) tamales para el día de la candelaria (2 de febrero, también conocido en otros lares como el día de la marmota). Ese día, toda la familia se reúne y come tamales. Y a mí, que no cené en navidad con ellos, ni tomé roscón, ni pude (lógicamente) encontrar el mono, me invitan a comer como a una más y me dan tamales y atole de piña (bebida tradicional prehispánica, hecha a base de maíz y frutas. Nunca había probado nada con este sabor. Me encanta volver a experimentar la sensación de hacer, por primera vez, algo).

Por mi parte, tras declinar amablemente el segundo tamal (demasiado grande y graso) les prometo que algún día les prepararé algún platillo de mi tierra (va a caer tortilla de patatas y me encantaría poder encontrar levadura para hacer un buen bizcocho, pero hasta el momento no ha habido suerte) y lo aceptan sine die. Y mañana vuelvo a comer tamales con las amiguías y, de paso, me cuentan que para san valentín, ellas celebran la fiesta de la amistad, donde cada cual lleva algo de comer y todas festejamos. Me encuentro atrapada (y disfrutando) de una espiral infinita de comidas y festejos. Espero poder sobrevivirla sin indigestiones…

Uso y disfrute, sin propiedad

Cada día poseo menos cosas, las acabo regalando, perdiendo o dejando en la esquina de la casa por la noche para que alguien se las lleve y las vuelva a utilizar (No, los contenedores de basura no se estilan en esta ciudad..). Sin embargo, estoy aprendiendo a disfrutar de objetos, sensaciones y momentos, no en el sentido capitalista de comprar, poseer y acumular (derecho de cambio y acumulación originaria) sino por el mero uso y disfrute, porque me las encuentro por ahí o porque me las han dejado para mi disposición, para hacerme la vida un poco más feliz y llevadera mientras esté acá.

No son mías, sólo las uso y no cabe hablar de propiedad en estos casos, no tendría sentido. No me pertenecen. Como el naranjo de la puerta de la casa: acá se entiende que si un árbol está en la acera de tu casa te toca regarlo y luego puedes recoger sus frutos. Así que cada mañana (bueno, algunas…) me levanto temprano y uso una vara de madera con un gancho metálico para recolectar un par de frutos y luego me hago un zumo de naranjas frescas de la calle. O como la base de máquina de coser antigua con su pedal y sus cajoncillos llenos de hilos, agujas y parches, que me prestaron como escritorio para trabajar. Ahí me siento cada mañana y creo textos como si fueran tejidos y me conecto con el mundo con hilos de colores. En ocasiones, se me hacen nudos y doy o recibo alguna puntada que duele, pero me siento bien escribiendo aquí. O como la terracita a la que me voy a leer al mediodía, rodeada de cuerdas de tender, bajo este Sol de invierno que parece primavera, con olor a ropa limpia y pájaros a mi alrededor. O como los parques, jardines, cerros y sendas que estoy comenzando a recorrer. O como las tardes de yoga en el patio de la casa de la vecina, sus preguntas y consejos y sus masajes con aceites aromáticos (me está enseñando a darlos). O como la chora (salamanquesa) que entra algunas noches en el baño y canta (más bien “cruje” o hace chasquidos. No puedo explicarlo, no conozco el verbo para designar el ruido que hacen los reptiles). O como los cuadros de Eu, las canciones que estoy aprendiendo y las primeras palabras de portugués.

Nada de esto es mío, no me pertenece, pero me siento completamente agradecida por poder usarlo, disfrutarlo y compartirlo.